Madrigal para la voz en fuga - Hérib Campos Cervera


Simple ruego por el ausente esperado - Hérib Campos Cervera


Hachero - Hérib Campos Cervera


I
En memoria de los Hijos de la selva
que agonizan y mueren en silencio en
el vasto imperio del Quebracho.


Este es Beningno Rojas: hijo y nieto de hacheros
y hachero él mismo. Viene de selvas torrenciales

y está como de paso frente a mí, porque siempre
camina hacia otras selvas cada vez más lejanas.


Lo veo marchar llevando sobre la cruz del hombro,
el fulminante símbolo de su poder: el hacha;

y siento que en su pulso rotundo le circula
-como un perpetuo flujo-. la fuerza y el coraje.

Es el Hachero. viene de selvas torrenciales.
Su alzada poderoza recorta una silueta
de aborigen, tallada sobre un friso de piedra.


El instinto certero de vientos y de lluvias

le da esa taciturna sabiduría de anciano
y aunque apenas levanta dos décadas de vida,
sus experiencias llevan una herencia de siglos.


Es todo brazos. Tiene sobre el antiguo sitio
de la sonrisa, un tajo que le madura el gesto;

la frente toda: un amplio lugar de sufrimientos,
donde vidas y muertes libraron su batalla.


Sellado de miseria, lleva un sombrero roto

para cubrir el rudo tumulto de su pelo,

un recuerdo de viejas altanerías le sube

por el torrente ardido de la sangre, a los ojos.

II

Esta es la selva. En ella su existencia se expande
hasta llenar sus densos dominios germinales.

Respira el sostenido perfume de las hojas

y en la solemne cúpula del aire mañanero
va eligiendo los cantos de pájaros amigos

que regirán la rítmica jornada de sus horas.

Y cuando en rojos círculos, los límites del día

despuntan, el hachero, poderoso de orgullo,

sacude la cabeza para alejar el sueño.


Cincuenta metros dentro de su reino, detiene

sus pasos e investiga con cauteloso atisbo

las invisibles huellas de las bestias nocturnas.

Cuando sus ojos cumplen la selección certera

del tronco favorable,
baja el hacha: se arranca los harapos del torso;
lubrica con saliva las plamas de las manos
y comienza su rito con taciturna furia.

Sube el hierro y de vuelta, su filo incandescente

con impacto tremento se incrusta en la corteza.

Regresa diez, cien veces sobre la misma vértebra,
hasta que la garganta desgarrada se rinde
y entre un furor de gritos, se acuesta en la picada.


Luego vendrán, en lenta sucesión de torturas:
el corte de los brazos -la dulce cabellera

que en amistad de pájaros vivió quimientos años-,

y al final injuria de ser oreado al viento
su corazón sangrante, lampiño y desolado.

Después, lo que suceda ya no tendrá importancia:

viajar, quedarse quieto o arder, será lo mismo.
Ni las nubes del alba, ni pájaros, ni lluvias
recostarán su vuelo sobre la cruz difunta.

La selva castigada, se duele de sus llagas

petrificando el alma de sus hijos intactos.

A izquierda y a derecha de sus heridas, yacen
la sangre milenaria y el corazón constante,

con las venas abiertas y el canto sofocado.


El humus -que ha labrado la columna tranquila

del árbol y le ha dado su dulzura de sombras

(y que nunca, en mil años, descansó en su tarea

de levantar la lenta catedral de un quebracho)-

llora, junto a las rojas cicatrices y tiende
sobre las venas rotas sus manos de substancias
para que en los futuros milenios no perezcan

los encendidos brotes que durmen bajo tierra.

III

Tras la blindada puerta duerme el Oro encerrado.

Lo guardan hombres duros, de corazón metálico,

más fríos que las hojas del hacha y más tenaces

que el músculo tenaz de los hacheros.


Infinitas planillas, con infinitos números,

tamizan el trabajo del Hachero de Bronce.

Drenan los calculistas la sangre peregrina,

hasta dejar un pálido puñado de centavos.

Abren, al fin, la puerta blindada y con sus garras

de pájaros nocturnos -como quien da la vida-

su paga dan la hijo de la Selva.


Después.... Es el camino, los puertos, las nostalgias
de amor y la guitarra y el cuchillo y la caña.

Lento o precipitado rodaje hacia el agobio,
siempre es igual: un día, de nuevo hacia la noria;

el hacha compañera sobre la cruz del hombro
y un infinito sueño colgado de los párpados.

IV

Y su final fue duro. como es duro el oficio;
como también es dura la materia que amasa

y es duro el hierro ciego del hacha compañera.

Ciertamente. Un domingo, en que iba de retorno

-con la noche ya entera tapando los caminos-,

vio cruzar un ardiente relámpago de acero.
Desde el costado izquierdo

bajo una catarata caliente y fragorosa
buscando el nivelado descanso de la tierra.


Vieja ley de cuchillos lo llamó por su nombre,
sin darle tiempo alguno para mirar el ceño

del que lo ató a la tierra del canto y del gusano.
Un eco, casi helado, de relinchos de potros
le fatigó un instante los tímpanos dormidos
y en silencio de tiempo sin voz le fue cayendo
sobre el cristal velado de los ojos.


Cuando quiso la mano dolerse de sí misma

y buscó asir el grito que se le estaba yendo,
sintió que le pesaba más que el hacha: la vida,

y que la cruz del hombro lloraba por marcharse.


Un sueño de guitarras, de puñales y música

le completó la muerte que ya llevaba dentro,

y entre la luz de sombras, de su fin reiterado,

sus turbios ojos vieron levantarse, muy lejos,
sobre un alto horizonte de oxidados contornos

una cruz de quebracho de brazos encendidos

-velando el firme sueño- y en ella, recostada

-sosteniendo el sombrero y en actitud de espera-
,
el hacha compañera de hazañoso recuerdo...

Regresarán un día... - Hérib Campos Cervera




I
Pos los caídos por la libertad de mi
pueblo y para los que viven para
servirla, esta constancia.....

¿Veis esos marineros aún vestidos de pólvora;
y estos duros obreros cuya sangre de fuego
circula como un río de encendidas raíces
bajo el denso quebracho de sus torsos?

¿Y esas pequeñas madres, de tan leve estatura,
que parecen hermanas de sus hijos?

¿No visteís, no tocasteís el rostro fragoroso
de esos adolescenctes cubiertos de relámpagos;
seres rotos, usados, gastados y dehechos
en una mitológica tarea?

¿Los veís? -Son los Soldados
de una hora, de un día, de una vida:
todos los Hijos obscuros de la misma ultrajada
tierra,
que es mía y es de todos
los muertos de esta lucha.

¿Veís esos ojos con dos rosas de lágrimas
colgadas de sus órbitas azules?

¿Veís todas esas bocas despojadas de labios;
con trozos de guitarra colgados de sus bordes;
todas deshilachadas, arrojadas de bruces
sobre la inocencia triste del pasto y de la arena?

¿Los veís allí, hacinados
bajo la misma luna de los enmorados;
agrediendo la clara piedad de la mañana
con su despedazada sonrisa?

¿Veís todo ese tumulto de la sangre temprana;
que camina de día y de noche, a todas horas
hacia los más profundos niveles de la tierra,
donde se están labrando los moldes transparentes
de todos los Soldados de las luchas futuras?

Abiertos en canal, de Norte a Norte,
-desde donde nacía la Semilla del Hombre-
hasta el caliente refugio del grito, yacen.

Miran las altas luces del alto día del duelo,
mostrando los horóscopos helados de sus manos
y sus frentes de piedra amanecida
y la cal valerosa de sus huesos.

II

No moriré de muerte amordazada
Yo tocaré los bordes de las brújulas
que señalan los rumbos del Canto liberado.
Yo llamaré a los Grandes Capitanes
que manejan el Viento, la Paloma y el Fuego
y frente a la segura latitud de sus nombres,
mi pequeña garganta de niño desolado
fatigará a la noche, gritando:

"¡Venid, hermanos nuestros!
¡Venid, inmensas voces de América y del Mundo;
venid hasta nosotros y palpad el sudario
de este jazmín talado de mi pueblo!

"¡Acércate a nosotros, Pablo Neruda, hermano,
con tu presencia andina, con tu voz magallánica;
con tus metales ciegos y tus hombros marítimos;
acércate a la sombra de tu estrella despierta
y contempla estas llagas ateridas!

"¡Ven, Nicolás Guillén,
desde tu continente de tabaco y de azúcar,
y con esa segura nostalgía de tus labios
ponle un exacto nombre a esta agonía!

"¡Y tú. Rafael Alberti -marinero en desvelo,
pastor de los olivos taciturnos de España,
tú, que una vez cuidaste la sangre de los héroes
que puso a tu costado mi patria guaraní-
dibújanos un mapa
de estos desamparados litorales de la muerte!

"¡Venid, hombres absortos, madres profundas;
niños:
buscadores de Dioses; pordioseros;
máscaras evadidas y nocturnas del vicio;
patentados jerarcas de la virtud de feria;
venid a ver el rostro del martirio!

"¡Venid hasta el remanso de este dolor antiguo;
simplemente venid: así, sin lámparas;
sin avisos, sin lápices y sin fotografías
y dejad, si podeís, en las riberas:
la memoria, los ojos y las lágrimas.

"Tocad con vuestras manos estos lirios dormidos;
tocad todos los rostros y todas las trincheras;
la numerosa muerte de todos los caídos
y el polvo que sostuvo esta baralla.

"Apartad con la punta de vuestros pies desnudos
todos estos metales de nombres extranjeros;
estos lentos escombros de torres agobiadas,
esta antigua morada de la miel
y la verde pradera
de esta selva temprana de soldados".

Si. Todas estas torres de acumuladas ruinas,
son nuestras.
Aquella sangre rota y estas manos deshechas,
son nuestras:
son nuestro honor de ayer y de mañana.

Yo lo proclamo ahora desde el hondo reverso
de esta paz de cadáveres:
todas estas banderas
y estos huesos, abrumados de luchas,
son el metal de nuestro riesgo;
son el emplazamiento de nuestra artillería;
nuestro muro blindado;
nuestra razón de fe.

III

Porque no está vencida la fe que no se rinde;
ni el amor que desfiende la redonda alegría
de su pequeña lámpara, tras el pecho del Hombre.

Con estas simples manos y estas mismas gargantas,
un día volveremos a levantar las torres
del tiempo de la vida sin sonrojos.

Desde el fondo de todas la tumbas ultrajadas,
crecerán las praderas del tiempo de soñar.

Aquí, cerca, en las márgenes de la tierra pesada;
junto a la sal antigua del mar innumerable;
en la madera espesa y el viento de los árboles,
están creciendo ya.

Yo sé que en la mañana del tiempo señalado,
todos los calendarios y campanas
llamarán a los Hijos de este Día.

Y ellos vendrán, cantando, con su misma bandera;
con su fusil recuperado;
vendrán con esa misma sonrisa transparente
que no tuvieron tiempo de enterrar.

Vendrán la Sal y el Yodo y el Hierro que tuvieron;
cada terrón de arcilla les tomará los ojos;
la cal de su estatura se asomará a su cauce
y alguna eterna Madre de un eterno Soldado
los llevará en la noche caliente de su sangre.

Y en esa hora y el día de un tiempo señalado,
regresarán, cantando, y en la misma trinchera
dirían, frente a la misma bandera de mil años:

"¡Presente, Capitana de la Gloria!
¡Aquí estamos de nuevo para cuidar tu rostro,
tu ciudadela intacta; tu imperio invulnerable,
Libertad!"

Palabras del hombre secreto - Hérib Campos Cervera



Testimonio - Hérib Campos Cervera


No se: yo no podría nombrarlos de otro modo
que enterrando en las venas sedientas de la pólvora
sus simples iniciales de símbolos caídos.

Este que está a mi lado, redimido de luces,
palpando espesos muros de abrumados silencios;
o aquel en cuyos párpados
se demoró el relámpago del plomo,
no fueron al estrago, no acudieron al riesgo
mortal, ni al alto duelo
contra el nivel pesado del agua traicionada;
no se echaron de bruces detrás de la pequeña
frontera de sus huesos
para vestir de mármoles y nubes
la fragorosa arcilla combatiente
de su dulce estatura.

No serviría de nada labrarles una máscara
a quienes desde siempre
nacieron y habitaron entre chispas de piedra.

No. Eran otros los rumbos que imantaban los pasos
de estos inaccesibles guerrilleros del alba.
No fueron al encuentro de una selva de bronce;
no buscaron metales solemnes, no quisieron
anchas investiduras, ni charangas, ni cantos.
Simplemente
bajaron a morir para dejarnos
otro tiempo más limpio y otra tierra más clara;
algún nivel más alto y un aire más sencillo;
otra categoría de nubes y otra forma
de dar un aposento, de nombrar una cosa;
o acaso otra manera de abrir una ventana
para llamar al Día del Hombre Venidero.

¿Cómo escribir siquiera la cifra que llevaron
sin lastimar el polvo de sus nombres?

No puedo hablar de lágrimas
frente a esta primavera de espigas derrumbadas,
porque ellas no besaron las márgenes del llanto
en esos días inmensos en que el rayo buscaba
nada más que la talla del Hombre para herirla.

Si hoy nosotros estamos de pie sobre este cieno,
es porque el firme fuego de todo aquel calvario
trabajó los cimientos de este cieno.

Si mañana tocamos la espada del rocío,
es porque ellos tendieron un puente hasta el acero
y nos dieron su trigo, sus hondos minerales
y el Norte y la medida del camino.


II

Porque yo les he visto sosteniendo sus hierros,
en el trance total de estar doblados
sobre el pétalo oscuro de la sangre.

Yo estaba en el costado de la furia,
cuando ellos manejaban las aristas del trueno;
los he visto poblando de centellas azules,
las heladas esquinas de la noche.

Yo he visto el amarillo sendero que dejaba
la bandera asediada;
allí donde ella estaba
el estambre infalible de mi pequeña brújula
hallaba el brillo honrado del metal de una frente,
buscando su trinchera o su mortaja.


III

Y ahora, decidme, vosotros,
taciturnos sobrevivientes del crucial torrente,
piedras abandonadas
en la huella caliente del combate;
cal todavía sonriente sobre el alto
paredón de la muerte:
¿de qué rocas del tiempo
viene esta arena erguida que atraviesa
los párpados del aire enfurecido?

¿De qué profundo sueño están viviendo
estos ángeles claros que van hacia la lluvia,
con sus rugientes números de filos justicieros?

¿Y estos pájaros roncos que castigan
las ventanas del día?

¿De qué venas en llamas
o a través de qué dulces dominios navegantes
emergen estas aguas levantadas y alertas
que, minuto a minuto, configuran el torso,
las arterias pacientes y el rostro de diamantes
de estos vertiginosos varones del castigo?

Yo pregunto;
yo quiero que me digan el nombre
del Capitán caído debajo del silencio
de la piedra final y del madero
en cruz.

Yo quiero que me nombren el número preciso
de aquellas simples manos de labor derramadas,
desde el Norte, de rayos torrenciales,
hasta la desolada cintura de las islas.

Quiero que me denuncien la dignidad y el orden
de esta desamparada cosecha interrumpida.

Necesito bajar hasta el oscuro
nivel de la tormenta encadenada
y hacer el inventario de esa lenta yacija:
juntar las manos rotas; las frentes y los párpados;
clasificar el vasto trabajo del osario;
ver en qué forma suben las substancias terrestres
por los acantilados de la cal deshojada.

Tengo que custodiar desde hoy y para siempre
los surcos y los hoyos y los túneles,
donde la estalactita de los ojos yacentes
y la pisoteada guitarra de esos labios
esperan la llegada de una aurora invencible.

Yo soy el Designado:
yo estoy en este duelo para marcar el hombro
de los Ángeles Negros que humillaron sus alas
bajando hasta el infierno de la sangre inocente.

Y aquí estaré por siglos -como un vigía de piedra-,
gastando las aldabas de la puertas del día,
hasta que una Bandera de olivos y palomas
se yerga entre las manos de los muertos vengados.

Un puñado de tierra - Hérib Campos Cervera






Hérib Campos Cervera
Gracias Gonzalo, Prinss y Luna por el bello obsequio

Un hombre frente al mar - Hérib Campos Cervera





Federico - Hérib Campos Cervera

HERIB CAMPOS CERVERA



Una vida de poeta

Hérib Campos Cervera nació el 30 de marzo de 1905 y murió en Buenos Aires el 28 de agosto de 1953. Fueron sus padres Hérib Campos Cervera de la Herrería, periodista paraguayo fallecido en Madrid en 1921, y Alicia Díaz Pérez, hermana del polígrafo español Viriato Díaz Pérez, radicado en el Paraguay desde 1906.

La vida y la trayectoria intelectual del autor de Ceniza redimida son todavía insuficientemente conocidas. Una infancia desdichada, lejos de sus progenitores, parece haber marcado hondamente toda su vida, y en su poesía tal vez se encuentren las huellas de esta primera etapa de su existencia. Su adolescencia y juventud no habrían sido afortunadas. En la época en que publica sus primeros poemas en las revistas ARIEL y JUVENTUD (1923) estudia, como interno, en el Colegio San José, al cual menciona constantemente como «cárcel» en un Diario de ese mismo.

En 1923 se fundó la revista JUVENTUD -Cuyo primer director fue el poeta Heriberto Fernández (1903-1927)-, identificada con toda una generación de poetas y escritores, algunos de ellos malogrados tempranamente. Hérib colaboró en dicha revista y en publicaciones de la misma época como Ideal y Alas, esta última dirigida por José Concepción Ortiz (1900-1972), que fue también el último director de Juventud, en 1926.

Durante la década del 20 y la primera mitad de la del 30 la poesía de Campos Cervera, dispersa en diarios y revistas, se mantiene dentro del ámbito estético de esa generación, que fue, en líneas generales, la del Postmodernismo, período mal conocido y poco valorado en lo que respecta a la poesía paraguaya.

En 1931 Hérib sufrió su primer destierro a causa de su participación en los sucesos del 23 de octubre . Vivió durante algún tiempo en Buenos Aires, donde trabó relación con figuras destacadas de la intelectualidad porteña, como Francisco Romero, Luis Juan Guerrero (quien lo puso en contacto con la filosofía de Heidegger), Amado Alonso (filólogo español que por entonces dirigía el célebre Instituto de Filología de la Universidad de Buenos Aires), Raimundo Lida y otros. Noticias sobre esta etapa de su vida se encuentran en las cartas que escribió a sus amigos José Concepción Ortiz y Vicente Lamas. Después pasó a residir en Montevideo, donde coincidió con otros exiliados paraguayos como Anselmo Jover Peralta (1895 -1970) y Natalicio González (1897-1966), que posteriormente tendrían destacada actuación en regímenes políticos muy diferentes entre sí. Por entonces, ya Campos Cervera se hallaba definido como un «hombre de izquierdas», pero es difícil, por ahora, delinear con precisión su proceso ideológico.

Es posible que en los primeros tiempos haya sido influido por las reivindicaciones sociales del anarquismo, todavía importante en la década del 20 como ideología sindicalista, y por el socialismo marxista en los años de exilio en la Argentina y el Uruguay. Cuando pudo regresar al Paraguay, hacia fines de 1935, siguió militando políticamente desde posiciones de izquierda y, según testimonio de Sinforiano Buzó Gómez, se adhirió en 1936 al movimiento revolucionario del 17 de febrero. Otros afirman que en esos años se afilió al Partido Comunista.

En Montevideo extravía, o se los secuestran, una novela terminada, Hombres en la selva, y el Romancero del destierro, del que se habría salvado de la destrucción únicamente el poema «23 de Octubre». Pero, pese a las penurias del exilio, Campos Cervera tiene [11] la oportunidad de profundizar sus conocimientos literarios y filosóficos y, sobre todo, de abrir su sensibilidad poética a las nuevas corrientes literarias que están renovando, en esos años, la poesía y la prosa en América y Europa. García Lorca, que estuvo en el Río de la Plata en 1933, y a quien Campos Cervera parece haber conocido, le impresiona profundamente. Le dedica, en Ceniza redimida, un poema, «Federico», y algunas composiciones de ese libro dejan ver la huella estilística del Romancero Gitano.

Se comprende, entonces, que con este bagaje cultural, con sus nuevas ideas sobre la literatura y sobre su propia praxis poética, Hérib se haya convertido -junto con Josefina Plá, que regresa de España en 1938- en el centro de un movimiento que tiene como participes, entre otros, a Augusto Roa Bastos, Óscar Ferreiro, Ezequiel González Alsina y Hugo Rodríguez Alcalá, los cuales pasarán a ser conocidos en la historiografía literaria paraguaya como integrantes del «grupo del 40». El cenáculo «Vy'á raity» es el lugar de encuentro de aquellos jóvenes escritores -a quienes se unirá más tarde Elvio Romero- y sus producciones van apareciendo en el diario El País y en revistas como la del ATENEO PARAGUAYO y NOTICIAS.

Entretanto, el poder político ha caído en manos del General Morínigo, que instaura un régimen autoritario simpatizante del nazi-fascismo entre 1940 y 1948. En 1947 estalla la rebelión de un sector del ejército, con el apoyo de los partidos políticos democráticos, que resulta derrotada. Para Campos Cervera será motivo de un nuevo exilio que durará hasta su muerte en Buenos Aires, seis años después.

En este último período de su vida, signado por el destierro definitivo, el autor de Ceniza redimida prosigue su actividad literaria sin desvincularse de la patria. Se afirma su voz poética y reúne los materiales que considera rescatables para su primer y único libro de poemas, que publica la Editorial Tupa, dirigida por Anselmo Jover Peralta, en 1950.

Posteriormente escribe algunos poemas, recogidos en un breve cuadernillo póstumo titulado Hombre secreto; un relato, «El buscador de fe»; una novela corta, El ojo enterrado, que se ignora si llegó a concluir y que se ha extraviado, una pieza teatral, no estrenada hasta hoy y que en este volumen se recoge por primera vez, y, en fin, prepara una historia de las ideas en el Paraguay, probablemente también inconclusa.

Esta vida de gran intensidad existencial e intelectual se apagó el 28 de agosto de 1953. Su muerte privó al Paraguay de una de sus grandes voces poéticas y de una personalidad fundamental en el desarrollo de la cultura moderna en el país.

Humberto Pérez Cáceres, que fue su amigo y compañero en la Redacción del diario DEMOCRACIA, de Buenos Aires, recogió sus últimas palabras para el pueblo a cuya causa se había entregado desde su juventud: «Que nuestros artistas, nuestros escritores, nuestros luchadores de la causa de la libertad -le dice un día antes de su muerte- jamás olviden que toda su batalla debe tener por brújula lo nacional. Nada podrá ser construido con sentido de perennidad si se olvidan las profundas raíces nacionales. El arte, la política, el quehacer cultural, deben beber los zumos mejores de la nacionalidad. El proceso tiene este itinerario de lo nacional a lo universal, no a la inversa. Que no haya arte inútil, que no haya belleza divorciada del pueblo. El pueblo, su servicio, su redención, su felicidad, su justicia, deben constituir los motivos de todo trabajo. Lo nacional, Humberto, nuestro país, nuestros hombres, nuestros campesinos y obreros, nuestras mujeres. Es a ellos, a su elevación, que los artistas deben dedicar todos sus esfuerzos.
Miguel Ángel Fernández

Dos son las líneas principales de la poesía del paraguayo Hérib Campos Cervera (1908-1953): la intimista (la poesía “de la máscara”) y la social (la poesía “de projimidad o del grito”).

Che Pykasumi


Che Pykasumi
Guarania

Che pykasumi re vevé vaecué che jhegüi rejhovo
Ouva ne angué cada pyjharé che kera yopy
Rojhacjhugüi ai´ayepy´apy che ne ra´arovo
Michinte yepepa nda ivevui vei che mba´é mbyasy.

Ne añaitegüi ndé aicova co´icha aicové asy
Yaicoma riré cu yuacjhú porame oñondiveté
Resé re vevé che reyá reí che mo tyre´i
Aicó aicó rei nda vy´á mi vei upetégüivé.

Cu amaske co´é rojhacjhú asy na remediavéi
Ñaimo´a voi cu itavymiva mba´é aicó
Ama´é asy pe nde roga mire jha nde nereiméi
Corazó rasy che mbo tarová, che mbo yajhe´ó.

Re vevé vaecué che jhegüi rejhovo che pykasumi
Reipotá´véygüi rojhavi´úmi ni royavyky;
Eyumi yeyna ikatu mi jhaicha che consolami
Ta ivevui mi che yopy asyva che mba´é mbyasy.

Letra: Cecillio ValienteMúsica: Eladio Martínez y José Asunción Flores

Sin consuelo alguno te sigo queriendo cada amanecer
como sombra voy caminando a solas con mi soledad.
Mis ojos padecen al mirar la casa donde ya no estás.
Corazón transido que me mancha el pecho y me hace sollozar.


Con un leve vuelo de mí te apartaste pequeña torcaz.
Porque no querías que te acariciase el pelo y la piel.
Regresa, te pido, a darme consuelo como sabes tú.
Alivia esta pena que me estruja el ama, Che pykasumi.

Joan Manuel Serrat

El Guyra Campana - UN AVE SIN LEYENDA PERO CON MÚSICAS

por: Alcibiades González Delvalle

Siempre nos llamó la atención que el guyra pu, guyra tupin o guyra campana no tuviese su leyenda como lo tienen las otras aves de nuestros bosques, como el urutaú, kavure´i, karãu, jeruti, ynambú, ypekü, akã´ë, etc. León Cadogan nos relata que un amigo –“amante también de estas cosas intrascendentes”- le había dicho que el hermetismo de los indios referente al origen del guyra campana se debía a la leyenda cristiana, según la cual este pájaro habría cantado por primea vez al exhalar su ultimo suspiro el santo varón Roque González de Santa Cruz, martirizado por los indios guaraníes a las órdenes del Cacique Ñesú.
“Esta leyenda exótica –continúa el amigo de Cadogan- afrentosa para los indios, habrá llegado a sus oídos y, siendo en extremo delicados en estos asuntos, para ellos sagrados, habrá sido motivo para que nunca divulgaran la tradición guaraní del guyra campana”.

“El guyra campana,sin embargo –sigue el amigo de Cadogan- aunque ignoremos el lugar asignádole en las tradiciones guaraníes por anónimos poetas, filósofos y legisladores de la raza autóctona, vivirá eternamente en el folklore paraguayo”.
Sobre los origenes de la música

Hay muchas versiones sobre el origen de la música inspirada en el canto del guyra campana. La más antigua –entre las que conocíamos nos la da León Cadogan, que atribuye a un tal Don Evaristo- seudónimo del amigo referido más arriba- la siguiente version:
“Cuando nuestro país se asemejaba a un enorme camposanto después de la hecatombe del ´70, me tocó , siendo aún criatura, hacer un viaje al Brasil en compañia de mi padre, veterano de la guerra. Un día, al ponerse el sol, llegamos a las cercanías de Cerro Corá, en donde pernoctamos. Lo único que interrumpía el silencio imponente de la noche, fue el lamento del urutaú, cargado de desesperación; y aunque yo era, como he dicho, criatura a la sazón, pasé la noche en vela, pensando en el reciente martirio de la patria.

“Pero por fin llegó el alba; callaron las notas del ave fatídica y, tras breve intervalo, al herir los primeros rayos del sol la cúspide de los montes disipando la niebla en los valles, llenaron el ámbito las argentinas notas del guyra campana, anunciando las resonancias de sus acordes optimistas que la noche de agonía había pasado y presagiando días más felices.

“La piezas que tocaba mi padre, arpista, eran, en su mayoría, semejantes a las tres piezas escuchadas, tristes, lamentos de un pueblo sin esperanzas; pero, poco después de nuestro regreso del Brasil, escuché por primera vez los acordes de guyra campana cargados de euforia, de optimismo en el porvenir. De dónde surgió no lo sé; podrán averiguarlo los eruditos, pero estoy íntimanente convencido de que algún genial músico criollo anónimo, bebiendo inspiración en las notas del guyra campana, lo ha compuesto como expresion de su fe en la resurrección de la patria aniquilada..”.

El polvo enamorado - Josefina Pla


Gracias Lunita preciosa!
No hay tiempo. distancias o espacios que no plasmen un mismo espíritu...

Paisaje sin salida - Josefina Pla


A paisajes que nunca he conocido
los pisajes sin dueño de la fotografías
olvidadas
llegué como se nace
sin saberlo
Nadie me trajo aquí y adónde voy ignoro
Pero mi pie camina seguro y necesario
No sé de qué huyo ni adonde
se encuentra mi refugio
Sólo el paisaje que ante mí nace a medida
que camino lo precisa
como la voz
cuando precisa el grito
Se contruye delante
de mí ya fácil ya enemigo
siempre el paisaje neutro
sin color ni rumor sin luz y sin hondura
como paisaje en polvo diseñado
Un paisaje que nace crece y muere como la hora
sin voz y sin mirada
pero capaz de devorarme
de enterrarme en vida
porque sé bien que este paisaje no tiene
una salida
ni aún la puerta falsa que abriera
un despertar

Summa - Josefina Pla







Manchas en la pared - Josefina Pla


Abierta la cancela sobre el viejo vestíbulo harapiento
hoy entro en la morada que fue mía
que acaso ya no existe
pero está erguida en la memoria cara al cielo
del Sur alza su molde de cal envejecida
contra la roca oscura
igual que un caballero regresando a su vacío castillo
se apoya en su caballo fabuloso

Recorro los tardíos aposentos
en cuyo cielorraso hallaba moldes
la fantasía del niño abandonado
y su periplo de imposibles
Y recobran perfiles y color los zócalos hundidos
donde el frío
de los años rezuma huero y soso su delirio nocturno
Ah el reencuentro
con el Ogro y el Gato que no están en los cuentos
la peligrosa selva la nube milagrosa el puente sin barandas del
iris
el gran pez de Jonás el río de oro
y el perro abandonado más fiel que nunca lo fuera el nuestro
y el monstruo que cambia de rostro mientras lo estás mirando
Mundo donde yacieron los fetos de todos tus futuros
porque en el lodo estaba ya todo medido
moldeado rotulado.
La esperanza es un fardo de harapos desechados
de galas que se hicieron viejas en los armarios sin usarlas
pero que durarán más que tú Ese cachorro
suave que aún te lame las manos
hace rato está muerto ha legado su gemido a una rama
Y el pájaro que cruza burlón frente a tu reja
es un nido vacío en el bosque de esqueletos
negros de tus inviernos

Recorre nuevamente esta que fue en verdad tu única casa
ahora que ya nada en ella existe que te perteneciera
aunque nada hay en ella que no haya sido tuyo
ahora que más que nunca es tuyo lo soñado
porque definitivamente se bautizó imposible
Todo ha sido una vez tu frontera tu reto tu hora cero
Ya no hay límite ahora que todo cuanto pudo
ser ya no ha sido
Puedes colgar del viejo zócalo manchado
todas tus máscaras podrías.

Peleando la palabra - Josefina Pla

Peleando la palabra esperanza le encontré pulpa de manzana
y carozo de piedra.

Peleando la palabra amor le hallé piel de durazno
y carne de ceniza.

Peleando la palabra verdad, llenó mis manos
y al llegar a mi boca, no existía.

Imposible - Josefina Pla




Libre - Josefina Pla



Libre para nacer sin elegir el día

libre para besar sin saber el porqué esta boca y no otra

libre para engendrar y concebir lo que ha de traicionarte

libre para pedir lo que después te será inútil

libre para buscar lo que mañana ya no tendrá significado

libre para morir sin elegir el día

libre para pudrirse sin escoger el sitio

libre para volver al polvo sin memoria

libre para seguir el rumbo de la raíz pequeña

libre para mirar al sol que no te mira

Libre para nacer sin elegir el día.

Raíz y altura: la labor teatral de Josefina Plá (fragmento)

El interés creciente por la obra de la escritora Josefina Plá ha de afrontar el reto de abarcar las multifacéticas caras de una producción ingente en muy diversos campos: la cerámica y el grabado, la poesía, el cuento, la novela, el teatro, el ensayo, la crítica, la historia y el periodismo cultural. Quien decía poseer como «único título y viático» su «cédula mínima de escribidor» puede considerarse nombre central de la cultura paraguaya del siglo XX, desde que en 1927 se radica en Asunción tras su matrimonio con el ceramista Julián de la Herrería (seudónimo de Andrés Campos Cervera). Desde ese momento arranca un esfuerzo muy notable de inserción en un espacio radicalmente distinto al de la Isla de Lobos natal (Fuerteventura, 1903), que cuaja en seis décadas de producción artística y más de cincuenta títulos.

De entre los diversos géneros cultivados por la autora canaria, puede reseñarse su dedicación al teatro, que si bien no ha recibido apenas consideración de la crítica, reunía para Plá un valor insustituible en la conformación de la raíz cultural:

Nos hallamos ante un momento de euforia para nuestro teatro [1967]. Es ya importante, repitámoslo, el camino recorrido rumbo a la reivindicación de la cultura escénica [...]. Sin embargo, no debemos olvidar, al hacer recuento de estos logros, que no sólo los factores materiales condicionan y configuran la cultura. El teatro, hecho artístico complejo si los hay, es al propio tiempo entre las expresiones artísticas aquella que por su esencia y carácter de hecho comunicativo por excelencia, requiere para su florecimiento integral, más que otra forma literaria o artística alguna, de un clima de comprensión y responsabilidad colectiva; un clima exento de recelos de todo orden, clima de libertad en que puedan expandirse libremente las potencias creadoras. Una libertad que -¿habrá que repetirlo una vez más...?- el arte reivindica para sí en forma absoluta, al margen de toda condición.

Perteneciente a la llamada promoción de 1940, en la que se integran también los nombres de Augusto Roa Bastos, Hérib Campos Cervera y Gastón Chevalier París (seudónimo de Ezequiel González Alsina), se sitúa en uno de los momentos literarios de mayor influencia para la cultura paraguaya contemporánea. Y, en sus propias palabras, aunque ese grupo «es siempre mencionado como grupo de poetas por antonomasia [...], quedan rastros elocuentes de que también al teatro alcanzó esa voluntad actualizadora». Tres de ellos -la propia Plá, Roa Bastos y González Alsina- eligieron el teatro como cauce para su expresión. Sin duda el grupo había de compartir el diagnóstico que hizo la escritora para los primeros dramaturgos del XX en Paraguay: aquellos que, a pesar de su diverso enfoque, eran unificados por «ese sentido idealista del teatro propio, un auténtico fervor y fe en el porvenir de la cultura teatral paraguaya, un deseo sincero de superar la situación cultural».

Por una parte, a ella le debemos el conocimiento detallado de la historia del teatro paraguayo, uno de los menos frecuentados del ámbito hispanoamericano, pues es autora de una obra monumental, la historia del teatro paraguayo que publicó el Departamento de Teatro de la Universidad Católica Nuestra Señora de la Asunción entre 1990 y 1994 con el título Cuatro siglos de teatro en el Paraguay, el teatro paraguayo desde sus orígenes hasta hoy, 1544-1988.

Su primer tomo, publicado en 1990, analizaba el teatro religioso y profano desde el comienzo del periodo colonial hasta la muerte del presidente Francisco Solano López durante la batalla de Cerro Corá, en la guerra de la Triple Alianza que enfrentó a Paraguay contra Brasil, Argentina y Uruguay (1864-1870). Y a su vez, partía de un empeño anterior: el publicado en 1967, en Asunción, bajo el título El teatro en el Paraguay: Primera parte. De la fundación a 1870, que se ofrecía como la segunda edición, corregida y aumentada, del trabajo que publicó la Municipalidad de Asunción, en 1966, con el título Cuatro siglos de teatro en el Paraguay, 1544-1964. En su introducción, señalaba Plá que la obra cumplía la modesta aspiración de «ser un cimiento para el cual he puesto a contribución una buena dosis de paciencia investigadora -ingrediente indispensable en circunstancias tales- y un sincero deber de servir a la cultura nacional, ofreciéndole por lo menos un punto de partida para futuros y más sólidos trabajos con los datos aquí acumulados, de los cuales una parte, la más reciente, tiene el color de las experiencias personales».
A su vez, este extenso texto, incluido en las publicaciones del Centenario de la Epopeya Nacional, arrancaba de empeños anteriores de la autora, en particular del amplio artículo divulgativo «El teatro en el Paraguay (1544-1870)» que publicó la revista mexicana Cuadernos Americanos un año antes, así como del opúsculo El teatro en el Paraguay que imprimió Jouve en París probablemente ese mismo año 1965.

En todos los trabajos citados, que deben considerarse estadios intermedios de un proyecto amplio y ambicioso culminado con la publicación en la última década del siglo pasado, Plá comenzaba destacando que el teatro del Río de la Plata tiene su punto de partida en el auto de Corpus Christi que montó el capellán Juan Gabriel de Lezcano en 1544, en Asunción, contra el ex gobernador Alvar Núñez Cabeza de Vaca, lo que permitía enfatizar las excepcionales condiciones de su surgimiento: «El teatro del Río de la Plata, pues, reconoce como punto de partida, elemental pero positivo, este desafuero». También en otras ocasiones, se refirió a la particular condición inquisitiva que el teatro asume como manifestación cultural.

Al tiempo, gran parte de los trabajos comentados excedían el marco cronológico reiteradamente propuesto, y llegaban, aunque no fuera más que someramente, hasta la segunda mitad del siglo XX. Con ello Plá estaba abordando el que en realidad será su proyecto fundamental: el teatro en el Paraguay como un paulatino proceso de adquisición de una conciencia dramática nacional.

Además el empeño, marcado de forma esencial por la seriedad y el rigor de quien será miembro numerario de la Academia Paraguaya de la Lengua Española y de la Academia de la Historia paraguaya y española, fue nutriéndose de diversos trabajos parciales, como ocurre con el artículo «Teatro religioso medieval: su brote en Paraguay», que publicó en la revista Cuadernos Hispanoamericanos en 1974, y con el trabajo titulado «Teatro paraguayo en la colonia (1537-1811)», que se publicó en un volumen colectivo en 1981.

Por otra parte, si el valor de la obra es extraordinario, como reconocen los estudiosos y creadores teatrales de aquel país, su recorrido ofrece una mirada amorosa que resalta las más graves carencias y los esfuerzos de mayor alcance para la constitución de una dramaturgia nacional, en la que la propia Plá ocupará un lugar relevante.
Mª de los Ángeles Pérez López

Aprenderás que hay muertos - Josefina Pla




Aprenderás que hay muertos diferentes
Los hay inquietos como luciérnagas ingenuas
despertando a la noche para un juego de luces que
sólo existen en su sueño
y son tan inocentes que no debieran haber muerto

Los hay indiferentes como cruces caídas cara el cielo
porque no esperan ya ni el recuerdo que se echa
como un mendrugo al perro desahuciado

Muertos un poco locos de esperanza Los muertos
que creen en la palabra que les dijeron
y que acercan su oído de arena a los vientos nocturnos
esperando escuchar su nombre en toca de otros muertos

Muertos de ceño torvo Los muertos acreedores
que no quieren saber que han muerto muerto muerto
y pegan sus manos como estrellas de un hueco mar
sobre el pecho del durmiente
y desvían un poco en el reloj del corazón la manecilla

Muertos ya todos polvo Muertos ciegos de muerte
Muertos de sí mismos vaciándose
que están ya más cerca que nadie de la vida.

Tan solo - Josefina Pla





Nadie le empuja - Josefina Pla


Nadie le empuja. Nadie lo retiene
nadie le advierte nadie le cede el paso ni le espera

Indiferentes
le ven pasar con su sentencia
oculta como un zorro robado en la cintura
royéndole hasta el hueco de los dientes

Nadie le impide el paso ni le espera
porque todos quisieramos ser los últimos.
Nadie le toca. Nadie
le empuja. Llega solo
llenándose de nombres olvidados
y de palabras sin respuestas

Llega solo
nadie le empuja nadie le retiene
porque todos quisieran ser lo últimos.

Esa sombra - Josefina Pla


La veréis alargarse cada vez como agua vertida
sin remedio
como un manto cayendo despacio de sus hombros
como si fuese él mismo arrepentido que quisiera
volver sobre sus pasos
-reptil de limpia muerte sin cadaver-

La veréis ahilar su arroyo
sobre un suelo
por siempre horizontal a la aventura

Y será también la única
que dormirá con él reconciliada
con la sombra total
de que se desgajó
enemiga de todos los espejos un día.

Todo comenzó en el espejo - Josefina Pla




Gracias Lunanueva

Las puertas - Josefina Pla


... Un cerrarse de puertas,

a derecha e izquierda;

un cerrarse de puertas silencionsas,

siempre a destiempo,

siempre un poco antes

o un momento demasiado tarde;

hasta que solo queda abierta una,

la única puntual,

la única oscura,

la única sin paisaje y sin mirada.

Trópico - Josefina Pla


Amargas lunas mates de estero hechizan, muertas,
noches de frutos altos y de tácitos vuelos.
Ríos de cocodrilos y de tortugas lentas
descaman las estrellas de un calcinado cielo.

En urgencia arterial, por roja tierra tibia
discurre el agua madre de las inundaciones,
mientras corolas túrgidas como sexos escienden
la lámpara votiva de las insolaciones.

Carnívoros estambres, piedras que encierran astros;
troscos que se hacen nudo mortal bajo agua quieta;
peces de agua voz, aves de mudos rastros.

La Cruz del Sur, guardiana de sus misterios, arde,
cual cifrando en su acorde de siderales neones
la música del mundo en su primera trade.

Desde cuando - Josefina Pla


.... ¿Desde cuándo marchabas a mi lado.
desde cuando....? Tus pasos
¿desde cuando, en la noche, aproximándose,
ocultos tras de cada latido...? ¿Desde cuándo...?

¿Desde cuando, en la noche, por los valles sin nombre,
ratreando mi angustia?
Y tras de cada puerta abierta abriéndose, y de cada
recodo el camino, ¿desde cuándo?

¿Desde cuando tus sienes en las salvias
del reposo tranquilo?
¿Desde cuando tus brazos en los cálidos ramos
del viril eucalipto, bajo las siestas altas?

...¿Y desde cuándo el pedregal desnudo;
desde cuándo el desierto irredimible?
¿Desde cuándo la brasa los párpados;
esta sed, desde cuándo?

... ¿desde cuándo este siempre irrevocable,
está muerte creciendo, desde cuándo....?

Cómo - Josefina Pla


Ay, cómo abrirte este dolor de llaves,
en soledad de pulso amurallado.
Lo que ya se llevaron, cómo darte,
Sueño, renunciación, ausencia, olvido.

Cómo franquear a tu claror las puertas
tras las cuales murió crucificado
cada latido virgen de tu nombre,
desposado no obstante de tu imagen.

Cómo agotar la senda de la usencia,
el rumbo del viaje jamás hecho,
las jornadas cautivas del suspiro.

Ay, cómo en ascua recobrar ceniza,
y de la piedra absorta hacer el nardo
que se encienda a la orilla de tu sangre...

Caminito esondido - Josefina Pla


Heredero - Josefina Pla


Tus manos - Josefina Pla

De las más hondas raíces se me largan tus manos,
y ascienden por mis venas como cegadas lunas
a desangrar mis sienes hacia el blancor postrero
y tejer en mis ojos su ramazón desnuda.

En mi carne de estío, como en hamaca lenta,
ellas la adolescente de tu placer columpian.
-Tus manos, que no son. Mis años, que ya han sido.
Y un sueño de rodillas tras la palabra muda-

... Dedos sabios de ritmo, unánimes de gracia.
Cantaban silenciosos la gloria de la curva:
cadera de mujer o contorno de vaso.

Diez espinas de beso que arañan mi garganta,
untadas de agonía las diez pálidas uñas,
yo los llevo en el pecho como ramos de llanto.

Amanecer - Josefina Pla


Te mata la vida que nutriste,
como la flor el fruto nacido de sus galas.

Afán que me hechizaste de tan triste,
pensamiento clavado
en mis frágiles pulsos, estilete sutil:
a esa punta que hincaste pereces, traspasado.
Loco sueño disuelto en mi sangre febril:
¡esa sangre te ahoga!
..... Morir te miro, ensueño
que fue yo toda -como fue tronco toda hoguera,
y charco toda nube- en un trasvasamiento
imperceptible, blando, como un deshojamiento de rosa,
en un temblor de atravesada mariposa.

Morir te miro, ensueño,
como el árbol mirara arder el vicio leño
cortado de su rama, o pudrirse la hoja

de cuyo muerto libre saldrá la yema roja.
Morir te miro, ensueño,
y tu postrer tristeza es ya casi alegría,
¡y tu último suspiro es ya casi esperanza!

.... Hoja muerta, que vuelves a la tierra madura:
¿en qué capullo nuevo, húmedo de ternura,
renacerás mañana, ensueño en agonía...?

Soy - Josefina Pla


Sueño - Josefina Pla





... Sueño que fuiste impulso de mi latido.

y alas en mi anhelar:

Te mata la vida que nutriste,

como la flor el fruto nacido de sus galas.

Afán que me hechizaste de tan triste,

pensamiento clavado

en mis frágiles pulsos; estilete sutil:

a esa punta que hincaste pereces, traspasado.

Loco sueño disuelto en mi sangre febril:

¡esa sangre te ahoga!

..... Morir te miro, ensueño

que fue yo toda -como fue tronco toda hoguera,

y charco toda nube- en un tranvasamiento

imperceptible, blando, como un deshojamiento de rosa,

en un temblor de atravesada mariposa.

Morir te miro, ensueño,

como el árbol mirara arder el vicio leño

cortado de su rama. o pudrirse la hoja

de cuyo muerto libre saldrá la yema roja.

Morir te miro, ensueño,

y tu postrer tristeza es ya casi alegría,

¡y tu último suspiro es ya casi esperanza!

...Hoja muerta, que vuelves a la tierra madura:

¿en qué capullo nuevo, húmedo de ternura,

renacerás mañana, ensueño en agonía...?

Déjame ser - Josefina Pla


JOSEFINA PLA




Josefina Plá llega al Paraguay en febrero de 1926. Es una mujer joven, recién casada con el artista paraguayo Julián de la Herrería, a quien habría conocido en su España natal, en una ciudad sobre el Mediterráneo: Villajoyosa.

A poco de llegar, comienza a colaborar en los diarios y revistas de Asunción con textos literarios, especialmente poesía. En los años 20, una nueva generación ha hecho su aparición en la literatura paraguaya. Sus jóvenes integrantes tienen una actitud fervorosa ante la creación literaria, se sienten hermanados en el arte y en la vida. Vinculados al Modernismo, admiran profundamente al autor de Cantos de vida y esperanza, Rubén Darío.

Pero ya no son los tiempos del Decadentismo, el Parnasianismo, el Simbolismo. Inquietudes existenciales diferentes, condiciones histórico-sociales nuevas contribuyen a definir el perfil de la joven literatura. Con la perspectiva de los años pasados desde entonces, parece indudable que con ellos se constituyó una nueva sensibilidad, incluso una nueva poética. En esos años aparecen varias revistas, la principal de ellas, el quincenario JUVENTUD, cuyo último número aparece en diciembre de 1926. Tres meses antes, se publicaba en ella un artículo de César Vallejo. Los nombres más destacados en la poesía joven de la época: Heriberto Fernández, Batti lana de Gásperi, Pedro Herrero Céspedes -todos ellos destinados a morir en el esplendor de la juventud-, José Concepción Ortiz, Vicente Lamas. Y con ellos, Hérib Campos Cervera y Josefina Plá.

En la historia de la poesía paraguaya estos dos poetas están destinados a ser los iniciadores de una nueva etapa: la moderna y contemporánea. Entretanto, sus poemas registran todavía, el gusto imperante bajo la influencia de los maestros modernistas. Sin embargo, pese a ello, se advierte una nueva sensibilidad y se utilizan recursos expresivos que van más allá de los esquemas tradicionales del Modernismo. Aquel grupo pasaría a ser conocido tiempo después como el de los postmodernistas.

De aquí arranca la presencia pública de Josefina Plá en la poesía de lengua castellana, en particular en la paraguaya. Si bien en sus orígenes tal vez pudieran rastrearse influencias como las de Baudelaire y algún otro simbolista, es dentro de las coordenadas estéticas de los años 20 donde se desarrolla su creación poética hasta lograr un punto de tensión anímica y de expresividad excepcionales.

Su única publicación poética en esa etapa será El precio de los sueños, un volumen más de cien páginas que aparece en 1934. Los últimos poemas del libro, escritos alrededor de 1932-1934, parecen condensar los elementos significativos de su poesía y al mismo tiempo apuntar hacia otros ámbitos estéticos. Efectivamente, pocos años después, Josefina Plá será una de las figuras centrales del movimiento de renovación poética, junto con Hérib Campos Cervera.

En 1934 Josefina Plá viaja a España con su marido. Tres años después, estalla allí una insurrección militar contra el gobierno republicano y Josefina, que pierde a su marido en 1937, regresa al país. Aquí coincide con Hérib Campos Cervera, recién reincorporado a la vida cultural del país, que paralelamente realiza también un trabajo de animación de la creación poética.

La poesía de Josefina Plá congrega a los jóvenes escritores y poetas de la generación del 40, particularmente a los que forman el grupo Vyá raity. La intensidad y el rigor de su obra poética no son casuales. Poseedora de una vasta cultura, si bien la poesía no se constituirá nunca para ella en una actividad excluyente, está siempre en el centro de sus preocupaciones.

De esta época son algunos poemas capitales, muchos de los cuales se hallaban dispersos u olvidados y nunca habían sido incorporados a su acervo bibliográfico.

Durante las décadas del 40 y del 50, Josefina Plá no publica ningún libro poético nuevo, pero sigue produciendo poesía de muy alta calidad. En 1960 aparecen algunos de esos textos reunidos en la plaqueta El precio de los Sueños. A partir de entonces va publicando, primero en pequeños cuadernillos, y luego en volúmenes de mayor porte, sus poemas de diversas épocas. La reunión en un volumen de la totalidad de sus títulos poéticos editados hasta hoy, a los que se agrega uno inédito, tiene el propósito es de ofrecer el conjunto de una labor realizada bajo el signo de la intensidad y el rigor estéticos y que ofrece uno de los más valiosos testimonios de vocación poética que existen en nuestra lengua.
Miguel Ángel Fernández - Universidad Nacional de Asunción

Uno y otro - J.L. Appleyard


Es tan triste tener estas dos almas

ser bicéfala expresión que en uno mismo

lucha por primicías y aniquila

la añoranzada unidad de un mismo sino.

Es triste desdoblarse en el espejo

y no saber en cuál de las miradas

está la de autentico Narciso.

Búsqueda que revierte nuestra vida

en odres de no escanciado vino

donde muere el espíritu y renace

el Otro junto al Uno, en condominio

de deseos, de odios, de tristezas

y de una ávida sed de más cariño.

Doblemente en el doble e ignorantes

los dos en uno, de saber cautivos,

transitamos la vida y doblemente

con dos almas a cuestas nos morimos.

Vida - J.L. Appleyard



Verano - J.L. Appleyard

Tiempo de Navidad - J.L. Appleyard


Es Navidad un tiempo, una manera de festejar la vida del verano,
una forma de hacer obligatorio
el mensaje de paz en un regalo.
Un tiempo de realzar con falsedades
la mentira sutil de todo un año.
De jugar al Pesebre mientras muere
el soplo de verdad que hay en los labios.
Navidad es llenar con luces blandas
la penumbra de todo ser humano.
Es ornar de oropeles los ramajes
de un árbol nunca nuestro y siempre extraño.
Navidad es la historia repetida
que, de tanto saberla, la ignoramos,
que nos cuenta de un Dios cuya memoria
es un perfil de barro sobre el patio.
Navidad es una infancia muerta
entre flores de coco y de quebranto
y es un poco de pan que ha sido dulce
porque supo llorar el padre un año.

Es esta Navidad, Señor, la nuestra:
un recordar momentos y veranos
y es el tiempo preciso cuando el hombre
usa y abusa de Tu Nombre en vano.

Se esta haciendo muy tarde - J.L. Appleyard



Palabras secretas - J.L. Appleyard




Reemplazando palabras
creemos romper la magia que ellas guardan.
Y así nada logramos sino una simple transferencia.
Un juego que es en síntesis
la versión de un engaño que no llega a los otros.
La magía del vocablo está en nosotros mismos.
En él depositamos las horas que se fueron,
los momentos vividos, nuestro amor, nuestro miedo.


Por eso lo tenemos.
Su sonido es tan lleno de tantas experiencias
que ese vocablo nuestro no puede defraudarnos.
Por eso no lo usamos, por temor de ese riesgo
de desnudar la vida, de hacernos manifiestos.


Y así, para evitarlo, buscamos las palabras
más libres de conceptos.
Nuestro vocabulario
se nutre de esos trérminos inocuos y desiertos.
Los recogemos de la calle.
de un bar, de un basurero.
Nos basta sacudirles el polvo, la suciedad, la tierra,
para el fin que queremos.
Son palabras expósitas, sin padres ni maestros.
Ellas no guardan nada, son signos transparentes.
sonidos que no pueden llevar dentro de sí
ni sueños ni secretos.
¿Por qué somos avaros de las otras palabras?
¿Por qué las relegamos a rincones de olvido?
¿Por qué tememos tanto que esas voces traicionen lo recóndito nuestro?
Y hablamos de temores, de vergüenzas, de miedos.
Existen otras causas, más ocultos motivos
y éstos son inefables.
Las palabras ocultas están en nuestra mente,
lidiando con nosotros, pues quieren liberarse.
Quieren romper las rejas invisibles y firmes
tras las cuales sufren, tras las cuales callan.


Verbo, razón del hombre, su meta y existencia
su defensa, su amparo,
su intimidad, su ciego e inexorable sino.


Sin él, ni la sonrisa ni el llanto
ni la muda opción de todo gesto
pueden decirnos nada.
Y en dura preferencia, lo ocultamos,
lo hacemos un objeto sin uso,
una manera simple de exhibirlo en vitrinas
que no impiden que el polvo lo cubra por completo.
Y es ése el gran motivo de que rija el silencio.


Palabras encerradas en cápsulas de miedo.
Palabras refrenadas con riendas de codicia.
Palabras que no suenan,
que ruedan, se deshacen y son polvo de nuevo.
Palabras arrumbadas, palabras herrumbradas,
palabras sin destino, palabras sin memoria,
palabras que han perdido su sonido,
su forma, su misión de ser el Verbo.


Guarda viejos infolios la historia de los verbos.
Mayúsculas miniadas encierra en sus curvas
la historia de los pueblos.
Bibliotecas enormes atesoran palabras.
Mausoleos formados por miles de gavetas
esconden todo aquello
que escribieron las sabias generaciones muertas.
Pero nada es bastante.
Porque el hombre insaciable
seguirá atesorando las palabras secretas.

Muerte - J.L. Appleyard



Tu soledad, la mía - J.L. Appleyard


Desde la burda altura de esa cruz
formada por maderos
mira Tu soledad. Esta es la mía.
Allí donde Tu muerte espera su momento
y desde donde miras
está la angustia original,
la desasidia dimensión del tiempo.
Y allí te quiero.
Allí mi corazón se vuelve tuyo
y el alarido del lanzazo torna
a perforar la carne de mi carne
y a manar como lágrima de hielo
y a ser nuevo milagro de tu sangre.
Desde esa soledad ya sin medida,
entre un cielo preñado de tormentas
y una tierra reseca,
suspensivo, como un trozo de carne declinante,
esta´Tu Cuerpo.
Y en mi dolor ardido,
está la Forma que quisiste darme.
Un cadáver de Hombre, un odioso cadáver que es el mío,
una tremenda muerte,
una agorera ausencia,
un cansancio de piedra,
una burda siniestra
y la Palabra muda, envuelta en el sudario
y silenciosa
y nadie que comprenda Tu misterio,
ni el Centurión Cegado,
ni el Discípulo Puno
ni la Doliente Madre.
Sólo yo lo comprendo,
porque soy el cadáver de ese cuerpo
de su negruzca y cuagulada sangre.

Allí te quiero, Dios, así, patibulario,
allí te encuentro en mí,
allí te amo.
Allí sé que el amor no es la sonrisa
ni la fresca ventura de la horas
sino el dolor sin fondo del que nace,
por fin, ese otro Amor, que está en nosotros,
en Tu muerte de Dios, de pobre reo,
en Tus llagas que afrentan la alegría,
en Tu sien dolorosa,
en Tu mirada,
eterna y por la muerte transformada.

Allí, Tu soledad,
Señor, la mía.
Allí la fuerza inerme que me lleva;
y nuevamente en viernes de agonía,
soy Tu dolor que en Hombre se transforma,
y soy testigo solo que se yergue,
y sabe que Tu Amor es Cruz, no llanto
de Niño enternecido de Pesebres.

Estoy en ti, ciudad - J.L. Appleyard





Solo queda la piedra - J.L. Appleyard

Aquel sillón era una suerte de trono inconquistado.
Su cuero, en que brillaban el paso de los años
y el cotidiano roce de su dueño,
hoy ya presenta grietas:
apenas una línea blanquecina,
una rúbrica casi no perceptible
que inofensiva anuncia
el principio del fin de su existencia.
Un sillón que fue un símbolo,
en la penumbra del lugar sagrado cerrado para todos,
imperaba con su perfumada presencia de madera.
Un sillón que guardaba la confidencia de aquel a quien servía.
Un sillón siempre vedado
a la insaciable curiosidad del niño.
Ese sillón ya tiene en su estructura
el implapable polvo de materia
vulnerable y mortal como nosotros.

El retrato de un hombre está colgado
en la pared y pende de ese clavo
al que el orín lo viene estrangulando.
La gravedad, el tiempo y una tarde
harán el resto.
Y habrá de dormir luego
en su sucio desván desmemoriado.
Quienes fueron sus hijos ya se han muerto
y el hombre del retrato no tendrá la caricia
de las manos maduras de algún nieto.

La naranja de ayer ya no es naranja.
Es una pulpa acuosa, cenicienta,
un catafalco abierto de semillas.
Codiciada por labios infantiles,
hoy ensucia la frutera oxidada de la boda.
Un metal que fue obsequio
en la caja de raso a la que un niño
alguna vez la convirtiera en barco.
La fruta putrefacta atrae mosquitas
y ya está sentenciada
a tener el sudario de una bolsa de plático.

El rostro que tuviese en la mañana
se estremece de arrugas a la tarde.
Fue envidiado, besado y conquistado
en la rubia fusión del mediodía.
La noche lo recuerda y la sonrisa
se convierte en un rictus en la boca sumida.

Soberbio aparador, catedral de madera,
con las puertas combadas
siguiendo los caprichos de afamado ebanista,
quien labró con paciencia en duras superficies
las frutas de algún trópico,
hoy es sólo cenizas, un mueble desquiciado
que se pudre
en la odiada soledad de un patio.

La medalla de oro ganada en un concurso.
Magnífico trofeo de una justa de ingenios.
La aleación fue tan mala que no tuvo la fuerza
de resistir el paso de los meses
y un día, avergonzada y pulcra, reveló su secreto.
Fue al estuche de nuevo y desde entonces muere
en su transmutación inversa de oro a plomo.

Solo queda la piedra.
La inmutable, la eterna.
No conserva recuerdos ni se muere en la arena.
Solo resta la piedra, la que brilla en la lluvia,
la que canta en el Sol su balada de vientos.
En ella el deterioro se rinde y la respeta.
La piedra que ni piensa,
ni lucha,
ni se jacta de tener la palabra.
La piedra que no ama.
Solo dura la piedra.

El tiempo, mis amigos - J.L. Appleyard

Has vuelto vagabunda . J.L. Appleyard

Yo no sé por qué has vuelto.
No lo sé, Vagabunda.
Quise haberte olvidado,
quise haberte dejado más allá de los cerros.
Has roto las distancias
y como esos juguetes
que uno cree haberlos perdidos ya en la infancia,
apareces de nuevo
en un cajón dormido de un desván olvidado.

Otra vez, Vagabunda.
Con tu rostro hecho tiempo,
con tus manos de niebla que acarician y aman.
Vagabunda de siempre, tu cabellera loca
me cubre y me descubre solo, entre tanta gente
que no existe, que se ha ido, que se ha muerto.
Y en una duermevela que no es sueño ni vida,
te pienso, Vagabunda, tal cual eres, cual fuiste
antes de todo tiempo.
Cuando una tarde sola, hecha de loma y cielo,
llegaste hasta mis manos, corriendo con tus besos
y haciendo que ese día se convirtiese en viento
y ese viento en nostalgia. ¿Te acuerdas, Vagabunda?

Fuimos hasta el arroyo y floreció de berros,
fuimos hasta la casa y se llenó de mangos,
fuimos hasta la tarde y se llenó de estrellas
y en tus ojos la noche combinó los luceros
con los cantos de mayo,
y todo hubiese quedado como siempre si no fuera,
diablesa Vagabunda,
por tu regreso insólito.
Volviste hasta mi casa, volviste hasta mi cielo,
te tendiste de sombra en esa misma cama de mis sueños
y desde allí sonríes
hecha una sola cosa con la tenue caricia de las sábanas.
Tomaré un cigarrillo como aquellos de entonces,
y no fumaré.
Sencillamente lo tendré entre mis dedos
mientras me cuentas tú
tantas cosas de siempre que nunca supiera.

Tu infancia, Vagabunda. Siempre eludes el tema
cuando yo lo planteo.
¿Dónde estuvo tu infancia?
¿En qué cerros lejanos dejaste tus juguetes?
¿Quién llevó tus muñecas en la Noche de Reyes
y quién puso tus sueños en tus ojos de niña
y quién rompió tu risa para hacer cascabeles?
Tantas cosas tú tienes que contar, Vagabunda,
que no habrá un solo tiempo para tu voz de niña
ni yo tendré distancia para saber que puedes
regresar cuando quiero.

Cuéntame cómo eras cuando cruzabas, loca,
las veredas del viento,
con las trenzas al aire, los pies descalzos, limpios
dejándole a la arena la huella de sus ecos.
Tus pies, mi Vagabunda,
que suprerando sombras te llevaban tan lejos;
tus pies alados casi, tus pies de niña siempre,
tus pies de adolescente,
de doncella en descanso,
que querubín dormido,
de árcangeles en celo.

Te callas, Vagabunda, y me miras y dices
con tus ojos las cosas que callas con tus labios.
Tus labios son el roce de beso apenas dado,
de una caricia tenue, de una gasa rosada,
de un delirio de días,
de una noche que sueña ser siempre madrugada.
Bésame, Vagabunda, ábreme las heridas,
destroza cicatrices, vente a mí, vente pronto
y deshace mis sueños,
borra con esos labios toda la sal ajena
de mis lágrimas truncas,
haz un camino eterno transitado tan sólo
por tus besos de nieve,
de nieve blanca y tibia,
de algodonosa bruma. de amanecer sin albas
de dolidos ponientes.
Así yo entre tus labios
buscando una salida
para morir de sueños,
como una rosa mustia,
en esa comisura más pura de tu boca.
Bésame, Vagabunda, bésame como siempre,
llenándome de rosas los ojos y la frente,
poniendo un corolla de jazmines, de pámpanos
en mis sienes desiertas.
Bésame, no te muevas, hazme nuevo, de nuevo,
recupera mis años, junta los meses muertos,
rompe la cárcel pútrida con que me cerca el tiempo.
Y quédate conmigo, así, quieta, sin sombras,
como una orquídea nueva en este viejo tronco,
arrugado y rugoso, cuya savia transita
lenta y triste y sin fuerza.
Quédate, Vagabunda, tállame tú de nuevo.
pon en mis ojos verde,
pon en mis ojos sueño.
Sé viento entre mis ramas,
sé el ave de mis nidos,
sé la paloma nívea
que surque la tranquila claridad de mis cielos.

Ahora sé por qué has vuelto.
Me bastan tu mirada, tus ojos que me horadan
el pensamiento muerto.
Ya sin decirme nada, sin que tu boca rompa
el silencio que marca hoy todos mis momentos.
Así te estás quedando regresante y perenne,
como dueña de casa que me habitas y moras,
como anfitriona buena,
como esposa sin tacha,
como madre de un hijo
que se ha vuelto grande
sin haber sido niño,
como el hada madrina de un hogar sin infantes,
como aquella hada buena con varita y encajes
cuyos velos filtraban la luz, el sol, el aire.

Te quedas, Vagabunda.
Ya lo sé, porque es tarde.
El corredor se ha vuelto de sombras y en la calle
los sonidos se vuelven más transidos de miedo
y los pasos de siempre
se detienen y vuelven a pasar por la misma
vereda de setiembre.

Con tus dedos de niebla enciendes los faroles.
Tu voz busca la música que de la tarde sale.
Te vas y entre mis libros
abres un viejo tomo
y te acomodas, dulce, te vuelves un recuerdo,
un viejo trébol mustio y amarillo y dormido.
Sin que yo me dé cuenta, te quedas en el libro,
te conviertes en trébol,
te vas, quedándote, en un libro de versos.

¡Mátame, Vagabunda,
sé un veneno en mis dedos
para que cada página del libro que no leo
se me torne un beleño!
¡Mátame, Vagabunda,
ya sé por qué has vuelto!
Llévame hasta tus tierras,
a tu infancia, a tu reino
y allí de nuevo todo podrá ser lo que quiero:
un niño que en tus manos aprenda el alfabeto
en donde un verbo solo se construye y conjugue,
un verbo, Vagabunda,
que te diga: te quiero.

Juglar de lo pequeño - J.L. Appleyard






Lapacho - J.L. Appleyard


Copa de vino añejo que desborda
la sutil embriaguez de sus colores,
encaje, cromo y luz en el que bordan
los pájaros la gloria de sus flores.

Mano morena que enguantada en lila
acaricia el azul de las mañanas,
badajo florecido de la esquila
triunfal del firmamento que se inflama.

Mancha de luz al borde de un camino,
jalón del campo y corazón del viento,
árbol que tiene para sí el destino
de ser la primavera en todo tiempo.

Y ya solo en la tarde pura y bella,
embriagado de luces y colores,
es el árbol que enciende las estrellas
con la llama morada de sus flores.

Hay un sitio - J.L. Appleyard




Tú, del sur - J. L. Appleyard



Tu, del sur,
de esa tierra
que huyendo de los trópicos se sumerge en el río;
de allá donde se borran las fronteras del alba,
de allá donde florece la arena en la simiente,
de allá trajiste, niña, tus ojos de agua y malva.


En las manos de espuma del viento sur crispado
tú viniste, pequeña;
aún están tus cabellos aromados de espigas
y de campos tranquilos,
y hay un verde remoto de movidos maizales
en tus ojos, sureña.


Del norte va mi voz
en brújula de sueños
buscando abierta y dulce la rosa de los vientos
para saber del sur,
y saber que en él vibra
la canción de un arroyo
de palabras inmensas
que le roba a tus ojos
la guaca transparenciapara teñir el mar.
Del norte va mi voz
hacia las noches claras
que tiemblan en las aguas del Ñeembucú dormido.
Del sur viene tu nombre
aún mojado de estrellas,
hecho luz en la calma rumorosa del río.

Colofón - J.L. Appleyard


Mirándome de lejos a mi mismo - J. L. Appleyard



Pero de tanta altura,

de tanto empeño vano de llegar a mí mismo,

de tantas noches hechas para nada,

de tanto ser la nadala nada desovada en cada noche

para buscar la fórmula que impida,

por fin, ser nuevamente una palabra,

un silencio o una sombra entre las sábanas:

después de todo eso, me pregunto,

mirándome, de lejos, a mí mismo

qué significa el ser,

la angustia misma,

si siempre,

en cada madrugada,

en cada amanecer soy el de siempre,

este -siempre- animal que se distiende

en un solo deseo, en una sola idea,

en una noche larga y pura

por no tener a nadie,

este -siempre-animal-solo-por-siempre.

Y entonces ¿qué, Dios mío?

¿nada más que una noche que se acuesta

a mis pies, como un perro, y me revela

que nada soy, Dios mío, ni hoy ni siempre?

El labio y la palabra - J. L. Appleyard







JOSÉ LUIS APPLEYARD



Fue uno de los grandes poetas paraguayos del siglo XX. Miembro de la Generación de los 50, junto a José María Gómez Sanjurjo, Ricardo Mazó, Rodrigo Díaz Pérez y Ramiro Domínguez, y discípulo del padre César Alonso de las Heras –formador de insignes referentes literarios en nuestro país-, José-Luis Apppleyard desarrolló una poesía densa, rica, estéticamente impecable, y a la vez clara, diáfana, sencilla a los oídos y a los sentimientos. Fue también periodista y autor de reportajes y columnas inolvidables en diversos periódicos de nuestro país.
Agustín María José-Luis Appleyard nació en Asunción el 5 de mayo de 1927. Sus primeros estudios los hizo en la Escuela Normal de Profesores No. 1 Presidente Franco, que quedaba a poca distancia de su casa. Recordaba José-Luis en un artículo escrito para el diario HOY (16-V-78), que encontró su vocación de escritor frecuentando la sección Lecturas sugestivas de los libros de texto de Manuel Riquelme, usados en los últimos tres grados de la primaria (los libros de lectura de los tres primeros grados eran, en esos años de la década del ´30, de Ramón I. Cardozo).
Su vocación se hizo más fuerte cuando pasó al Colegio San José, donde formó parte de la Academia Literaria, dirigida por el padre César Alonso de las Heras. José-Luis culminó el bachillerato en Buenos Aires, en el colegio San Marón.
Optó luego por la carrera de Derecho y se hizo abogado por la Universidad Nacional de Asunción. En la Facultad fue uno de los fundadores y presidente de la Academia Universitaria. Tras egresar, ejerció muy poco la profesión judicial, pues prefirió la de periodista que le permitía hacer con más holgura lo que realmente quería: poesía, fuera en verso o en prosa.
En La Tribuna, diario dirigido por Arturo Schaerer, fue encargado del Suplemento Cultural. En la década de los años 60 formó parte de un grupo de periodistas que desarrolló la que tal vez fue la mejor serie de entrevistas realizadas en el periodismo nacional. Se titulaba Yo y La Tribuna. De esa serie quedan muestras de eruditas, profundas y esclarecedoras conversaciones con extraordinarias personalidades, como por ejemplo León Cadogan o el capitán José A. Bozzano. Asimismo, en otra sección del citado periódico, fueron muy celebrados los Monólogos de José-Luis Appleyard, verdaderas recreaciones del sentimiento popular con un lenguaje “callejero”, un “castellano paraguayo” que era una delicia para muchos lectores.
En 1978, Appleyard tuvo un breve paso por el diario HOY, como redactor de notas especiales en el suplemento dominical. Con posterioridad, trabajó en el diario Última Hora hasta sus últimos años de vida.
Publicó sus primeros poemas en 1953, en el volumen Poesía, en forma conjunta con miembros de la Academia Universitaria (R. Domínguez, Mazó, Gómez Sanjurjo, R. Díaz Pérez). Son sus escritos de la adolescencia, parte de ellos hecha en Buenos Aires y parte en Asunción. Su primer libro como autor exclusivo fue Entonces era siempre (1963). Le siguieron El sauce permanece y tres motivos (1965) y Asi es mi Nochebuena (1978).
Al hacer una análisis de su poesía, el poeta y crítico Roque Vallejos señala que ”el virtuosismo del verso es algo paradigmático en la obra de Appleyard“. Agrega además que el tema central de “la rica poesía de Appleyard, en sus innúmeras modulaciones, es el tiempo. Él es un exiliado de su tiempo”.
Sin rehuir jamás el tiempo que le tocaba vivir, José-Luis se refugiaba permanentemente en la nostalgia. Su niñez era una imagen recurrente: “Rememorar ese tiempo que paradojalmente más se me acerca en la medida que me alejo de él…”. Y en esa constante retrospectiva de su vida, el recuerdo de las Navidades, con sus cigarras puntuales, y la Semana Santa se vuelve conmovedor.
Otros libros de poemas suyos son Tomado de la mano (1981), El labio y la palabra (1982) y Solamente los años (1983). Escribió además una obra teatral, Aquel 1811 (1961) (ganador del Premio Municipal de Teatro). Escribió una novela, Imágenes sin tierra (1965) y sus series de monólogos: Los monólogos (1971) y La voz que nos hablamos (1983). Una de sus últimas obras contiene un conjunto de relatos breves, Desde el tiempo en que vivo (1993), Cenizas de la vida, mereció el Premio Nacional de Literatura el mismo año en que se publicó: 1997.
Appleyard fue miembro de número y sceretario de la Academia Paraguaya de la Lengua Española y presidente del PEN Club del Paraguay.
Fue buque insignia de una bohemia asuncena que está en fuga. En su mesa exclusiva en el bar San Roque, rodeado de amigos a quienes prohibía hablar de literatura, se erigía en figura principal que manejaba los silencios y los énfasis en la conversación.
José-Luis Appleyard, el más trascendente poeta de la Generación del 50, falleció en Asunción en febrero de 1998.-

En todo - Elvio romero











(Elvio Romero - EL relámpago herido - 1.963-1.966)

A tu custodia - Elvio Romero





(Elvio Romero - El viejo fuego - 1.977)

A que cantar sino contar - Elvio Romero









(Elvio Romero - Los valles imaginarios - 1.984)